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"La soja se puede mantener un año o más sin venderse" , Luis Miguel Etchevehere, Presidente de la Sociedad Rural

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La Conquista del Desierto

16.12.13





LA EXPANSION DEL COMERCIO Y DE LA OLIGARQUIA

 Por Andrés Asiain y Lorena Putero

Uno de los hitos históricos de la configuración de la economía nacional fue la denominada Conquista del Desierto. La producción de carnes y lanas para la exportación era el lugar que el capitalismo mundial del siglo XIX había asignado a la Argentina en la división del trabajo construida bajo la hegemonía británica. La expansión de ese comercio y del poderío de la oligarquía terrateniente dependía de la expansión de la frontera pecuaria. A ese fin se constituyeron una serie de campañas militares siendo la liderada por el general Roca hacia finales de 1870 una de las más importantes.

La contradictoria tarea de conquistar un desierto por las armas deja en evidencia que la desertificación poblacional de las tierras a conquistar era, en realidad, uno de los objetivos de las campañas. El despoblamiento de las tierras “conquistadas” era funcional a una ganadería que sólo requería tierra y alambre y muy poca mano de obra. Sin embargo, las tierras se encontraban pobladas por entre 20 y 60 mil seres humanos de origen tehuelche y mapuche.

 Para justificar el robo de sus tierras por parte de la elite blanca se construyó una teoría racista que negaba el carácter humano de los pueblos indígenas reduciéndolos a unas bestias salvajes. Al respecto, así se expresaba Domingo Faustino Sarmiento, el “padre del aula”: 

“¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. 
Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado” (El Nacional, 25/11/1876).

La negación de su humanidad fue la condición para proceder a su exterminio. Asesinatos masivos de mujeres, hombres y niños, torturas, campos de concentración, cambios de identidad y reparto de los sobrevivientes como esclavos al servicio de las familias pudientes fueron las herramientas utilizadas por los “civilizados” durante las sucesivas campañas. 

El genocidio de los pueblos del sur y el robo de sus tierras cotizaba en las Bolsas porteña y londinense. Como señala Mario Rapoport en “Historia económica, política y social de la Argentina”, para financiar la campaña de Roca se emitió un empréstito internacional garantizado por las tierras a conquistar. 

Cada suscriptor se aseguraba como mínimo una extensión de 10.000 hectáreas, siendo así que antes de iniciarse la campaña ya se había comprometido la entrega de 10 millones de hectáreas entre los inversionistas locales y extranjeros. Con lo obtenido se preparó la expedición militar que contó con los principales adelantos tecnológicos de la época, como el fusil Remington Patria, también conocido como “mataindios”.

El resultado de la campaña dirigida por Roca fue tan “exitoso” que dio un excedente de tierras por encima de las ya suscritas, que fue repartida entre la cúpula del ejército, la oligarquía local e inversionistas extranjeros. 

El cuadro final fue una brutal concentración de la propiedad en pocas manos. Según el censo de 1914, en el pleno esplendor del “granero del mundo”, más del 50 por ciento de la superficie agropecuaria del país era concentrada por menos del 2 por ciento de las explotaciones.

andresasiain@gmail.com

Sidras con ingredientes no permitidos

Un equipo de especialistas del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) detectó un conservante no permitido en bebidas que se venden como sidras, una de las más populares que se consumen durante las fiestas.
 
Por ello, se estableció que se venden en el mercado bebidas que no deberían denominarse como “sidra” y se advirtió la falta de información útil para el consumidor.

El INTI analizó en sus laboratorios la calidad de un producto de consumo masivo para acercar a los consumidores información segura y confiable que les permita tomar buenas decisiones a la hora de elegir una marca entre las góndolas. En vísperas de las fiestas, trabajó sobre la sidra, un producto cuyo consumo se concentra en un 80% entre los meses de octubre y diciembre.

Como parte del “Programa de desempeño de productos”, el INTI analizó la calidad de la sidra que según el Código Alimentario Argentino (CAA) define como la resultante “exclusivamente de la fermentación alcohólica del jugo recién obtenido de manzanas sanas y limpias, con o sin la adición de hasta un 10% de jugo de peras” al cual se le agregan endulzantes y gasificantes. 

En este sentido, el Instituto analizó 30 presentaciones de sidras correspondientes a 20 marcas existentes en el mercado, una de las cuales corresponde a una marca propia de un supermercado. Para realizar los ensayos en los laboratorios del Centro INTI-Agroalimentos e INTI-Diseño Industrial, previamente se efectuaron compras en distintos puntos de venta del país, localizados en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; y en las provincias de Buenos Aires, Mendoza, San Luis y Río Negro.

Los resultados del informe
En base a los ensayos y análisis físico-químicos que se efectuaron, se detectó el conservante benzoato en nueve de los productos analizados sobre un total de 30. Se trata de un conservante no permitido en este tipo de bebidas por el CAA.

Si bien es empleado en numerosos alimentos de muy diversas características y composición por su actividad antimicrobiana, hay personas sensibles a estas sustancias que, por simple contacto con la piel, manifiestan síntomas típicos de una alergia en forma principalmente de urticaria.

Las personas sensibles al ácidoacetilsalicílico (más conocido como aspirina) tienen más probabilidad de manifestar sensibilidad a los benzoatos dada la semejanza en la estructura química de ambos compuestos. También son más propensos a reacciones de tipo alérgico a estos aditivos quienes manifiestan sensibilidad a la tartracina (aditivo colorante).

La tendencia mundial es utilizar cada vez menos benzoato y sustituirlo por otros conservantes de sabor neutro y menos problemáticos, como el sorbato y el dióxido de azufre que son conservantes que sí están permitidos para prolongar la vida útil del producto evitando el desarrollo de microorganismos.

Si bien en los casos analizados los valores obtenidos en estos dos conservantes permitidos se corresponden a los admitidos para sidra por el CAA (no deben exceder los 320 mg/L en el caso del dióxido de azufre y 250 mg/L en los sorbatos), uno de los productos analizados no lo declaró en el listado de ingredientes y, peor aún, ocho declararon en su etiqueta “sin conservantes”, cuando en realidad, sí contienen conservantes.

Por otro lado, la cantidad del extracto seco, la masa del residuo fijo obtenido después de la evaporación de las sustancias volátiles de la sidra, es uno de los parámetros que establece el C.A.A. como condición para definir que una bebida pueda llamarse “sidra”. De los productos analizados, cinco presentaron un valor de extracto seco menor al que corresponde a sidra.

Paralelamente, en cuatro productos analizados se advirtió que la acidez volátil dio un valor muy cercano al límite establecido por el CAA para considerar una sidra apta para el consumo. Si bien los resultados están dentro del límite hay que tener en cuenta que este parámetro es un indicativo de la alteración por bacterias lácticas que imparten un gusto ácido a la sidra. Este tipo de alteración no causa un efecto dañino a la salud pero modifica organolépticamente al producto, es decir, su sabor.
Respecto de la seguridad del envase, se observó que de los 30 productos analizados, al intentar ser abiertos, en tres casos el corcho saltó solo, lo que implicaría un riesgo para quien manipula la botella.
Por último, al evaluarse la información útil al consumidor que (a criterio del INTI y basada en normativas vigentes) debería estar presente en el envase del producto, se advirtió que 16 marcas carecían de alguna o varias de las informaciones útiles esperables. 

Información confiable para fortalecer la producción

Además de brindar información confiable a los consumidores, este informe tiene por objetivo fortalecer la producción nacional de la sidra, que alcanza a los 40 millones de litros al año; a la vez que acercar a las empresas productoras, concentradas en las provincias de Buenos Aires, Río Negro, Mendoza y San Juan, información técnica que permita incluir mejoras en sus procesos y productos.

Desde 2008 este programa realiza ensayos a los más variados productos y elabora informes técnicos de cada uno con un doble objetivo: asistir a la industria nacional en la mejora de la calidad de su producción y sus procesos productivos, y a su vez colaborar en la educación del consumidor para que se convierta en parte activa del proceso de mejora continua de la industria nacional.

La Argentina es el país con menor pobreza en la región - Informe de CEPAL

6.12.13

Es además el segundo con menor indigencia apenas detrás de Uruguay, según un informe publicado hoy por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).



Argentina redujo su nivel de pobreza de 5,7 a 4,3% de la población de 2011 a 2012 y se ubicó así junto con Uruguay como los países con mejor desempeñó en la materia dentro de la región, según un informe publicado hoy por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

La indigencia, en tanto, descendió de 1,9 a 1,7% en el mismo período.

Los indicadores de Argentina no solo resultaron ser uno de los más bajos de la región, sino que además el país está entre dos veces y media y once veces y media por debajo de los números que exhiben en promedio las naciones sudamericanas más México.

Venezuela, en tanto, presentó la mayor reducción de la pobreza entre 2011 y 2012, de 5,6 puntos porcentuales, al pasar de 29,5 a 23,9%; y de la indigencia, de 2 puntos, de 11,7 a 9,7.

El 4,3 por ciento de pobreza que registró Argentina en 2012 supera en 1,6 puntos porcentuales a la de Uruguay, y juntos son los dos únicos países de la región que ostentan una tasa de un dígito.

En materia de distribución del ingreso, Argentina también fue de los que más la mejoraron en los últimos años, según la Cepal, con una reducción de 1 punto porcentual en lo que respecta a la desigualdad entre 2011 y 2012.

De esta manera se ubicó en el lote de países que más redujeron la desigualdad entre 2008 y 2012, aun a pesar del desencadenamiento de la crisis financiera mundial y su persistencia en estos años.

El análisis destacó que la baja de estas variables, al igual que la reducción de la desigualdad, también se produjo en el resto de la región.

Si se compara la pobreza registrada en Argentina con la de Chile, la diferencia es de dos veces y media, frente al 11% que existe en el país trasandino; y de cuatro veces, con respecto al 18% de Brasil.

Si se toma el 25,8% de Perú, la diferencia llega a ser de seis veces menos en favor de la Argentina; y en cuanto al 23,9 de Venezuela, de cinco veces y media.

Con respecto a Ecuador y Colombia, con tasas similares de 32,2 y 32,9% de pobres, respectivamente, la brecha se estira a siete veces y media menos.

Si se incluye a México, con un índice de 37,1%, el nivel de pobreza local es 8,5 veces inferior; con el 42,4 de Bolivia, la diferencia es de casi diez veces; y en comparación con el 49,6 de Paraguay, llega hasta once veces y media.

En Ecuador la pobreza bajó 3,1 puntos, de 35,3 al 32,2 %; y la indigencia 0,9 puntos, de 13,8 a 12,9.

En Brasil la pobreza disminuyó 2,3 puntos, de 20,9 a 18,6%; y la indigencia 0,7 puntos, de 6,1 a 5,4.

El resto de la nómina se completa con Paraguay, que presenta niveles de 49,6% de pobreza y 28 de indigencia; Bolivia, de 42,4 y 22,4; México, de 37,1 y 14,2; Colombia, de 32,9 y 10,4; Perú, 25,8 y 6; y Chile, de 11 y 3,1.

Notas relacionadas

“Las tecnologías digitales debilitan la capacidad de decidir”

19.11.13


SOCIEDAD › ENTREVISTA AL ENSAYISTA FRANCES ERIC SADIN

Eric Sadin analiza en su obra, y en esta nota, las relaciones entre el individuo, la sociedad, los datos, los programas, los iPhones o los smartphones, los grandes sistemas que deciden por sí solos y la amenaza de los Data Center.

 Por Eduardo Febbro
 
Desde París
Ya no estamos solos. Un doble o muchos dobles nuestros persisten en los incontables Data Center del mundo, en las redes sociales, las memorias gigantescas de Google, de Facebook o de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, la NSA. Es lo que el ensayista francés Eric Sadin, uno de los autores más proféticos y brillantes en el análisis de las nuevas tecnologías, llama “la humanidad paralela”. Este ensayista francés no comete la tontería de agitar espantapájaros triviales a propósito de nociones como el “transhumanismo”. Tampoco se refiere a la fusión física entre el ser humano y las máquinas, el famoso ciborg, ni ahonda en la tesis del fin de una humanidad recuperada o salvada mediante soportes numéricos. No. Eric Sadin piensa de manera magistral las relaciones entre el individuo, la sociedad, los datos, los programas, los iPhones o los smartphones, los grandes sistemas que deciden por sí solos y la amenaza de los Data Center.

En cada uno de sus libros anteriores, Surveillance Globale, La Société de l’anticipation, Eric Sadin ha explorado como pocos las mutaciones humanas inherentes a la erupción de la hiper tecnología en nuestras vidas. Lejos de contentarse con un anecdotario trivial de los instrumentos tecnológicos que surgieron desde hace décadas, Sadin los piensa de una forma inédita. Su último libro, L’Humanité Augmentée, L’administration numérique du monde (La humanidad aumentada, La administración digital del mundo), explora la capacidad cada vez más creciente que tienen los dispositivos inteligentes para administrar el rumbo del mundo. El libro ganó en Francia el Hub Awards 2013, un premio que recompensó al mejor ensayo del año.

La obra navega fuera de los senderos evidentes. Ni elogio fúnebre de la especie humana ni cántico de rodillas a las nuevas tecnologías, sino una reflexión pura que demuestra que nos encontramos en un momento crítico de la historia humana. Para Eric Sadin, Hal 9000, la computadora súper potente que en la película 2001 Odisea del Espacio equipa la nave Discovery, ha dejado hace mucho de ser una ficción: Hal 9000 ha sido incluso superada por la tendencia actual hacia una “administración robotizada de la existencia”. GPS, iPhone, smartphone, sistemas de gestión centralizados que deciden por sí solos, trazabilidad permanente, todo confluye en la creación de lo que el autor llama un “órgano-sintético que repele toda dimensión soberana y autónoma”. En esta entrevista con Página/12, Sadin analiza ese doble tecnológico que nos facilita muchas cosas al tiempo que nos acecha al punto de transformar nuestra humanidad.

–Eric Schmidt, el presidente de Google, dice en su último libro The New Digital Age que “acabamos de dejar los starting-blocks” de la revolución numérica. Usted, al contrario, estima que la revolución digital se acaba. ¿Fin o nueva fase?

–La década actual señala el fin de lo que se llamó “la revolución digital”, que empezó a principios de los años ’80 mediante la digitalización cada vez más vasta de lo real: la escritura, el sonido, la imagen fija y animada. Ese amplio movimiento histórico se desplegó paralelamente al desarrollo de las redes de telecomunicación e hizo posible el advenimiento de Internet, o sea, la circulación exponencial de los datos en la red. Esta condición tecnológica universalizada trastornó prioritariamente tres dimensiones: las condiciones de acceso a la información, el comercio y la relación con los otros a través de los correos electrónicos y las redes sociales. Hoy, esta arquitectura que no cesó de desarrollarse y consolidarse está sólidamente instalada a escala global y permite el advenimiento de lo que yo llamo “la era inteligente de la técnica”.

–La historia del siglo XXI se parece entonces a una redefinición de las líneas antropológicas. Usted la define como una humanidad “comprometida en una odisea incierta e híbrida, antropólogo-mecánica”.

–Nuestro tiempo instaura una relación con la técnica que ya no está prioritariamente fundada sobre un orden protético, o sea, como una potencia mecánica superior y más resistente que la de nuestro cuerpo, sino como una potencia cognitiva en parte superior a la nuestra. Hay robots inmateriales “inteligentes” que colectan masas abismales de datos, las interpretan a la velocidad de la luz al tiempo que son capaces de sugerir soluciones supuestamente más pertinentes, e incluso de actuar en lugar nuestro, como ocurre con el trading algorítmico, por ejemplo.

–Precisamente, el trading algorítmico desempeñó un papel nefasto en la crisis financiera de 2008. Un dispositivo creado por el ser humano operó una suerte de sustitución que terminó ahondando la crisis.

–Las transacciones financieras mundiales se llevan a cabo mediante la colecta automatizada de volúmenes astronómicos de datos: su tratamiento en tiempo real, la compra o la venta de acciones están a cargo de robots numéricos que trabajan a una velocidad que sobrepasa nuestras capacidades cognitivas. Hace 30 años, esa actividad estaba realizada por seres humanos, pero fue poco a poco transferida hacia sistemas interpretativos y reactivos. Ese fenómeno expone el momento inquietante de nuestra contemporaneidad, donde las producciones tecnológicas concebidas por seres humanos nos sustituyen e incluso actúan en lugar nuestro.

–En su último ensayo, La humanidad aumentada, la administración digital del mundo, usted expone un mundo cartografiado de manera constante por los sistemas digitales. Usted muestra la emergencia de una suerte de humanidad paralela –las máquinas– destinadas a administrar el siglo XXI. Se impone una pregunta: ¿qué queda entonces de nuestra humanidad?

–La historia de la humanidad está constituida por una infinidad de evoluciones sucesivas en todos los campos. Desde el Renacimiento, nuestro potencial humano se fundó sobre la primacía humana constituida por la facultad de juzgar, la facultad de decisión y, por consiguiente, de la responsabilidad individual que funda el principio de la Ley. La asistencia de las existencias por sistemas “inteligentes”, además de que representa una evolución cognitiva, redefine de facto la figura de lo humano como amo de su destino en beneficio de una delegación progresiva de nuestros actos concedida a los sistemas. Una creación humana, las tecnologías digitales, contribuyen paradójicamente a debilitar lo que es propio al ser humano, o sea, la capacidad de decidir conscientemente sobre todas las cosas. Esta dimensión en curso se amplificará en los próximos años. Además, nuestras vidas individuales y colectivas están cada vez más reorientadas por sistemas que nos conocen con mucha precisión, que nos sugieren ofertas hiper individualizadas, que nos aconsejan este u otro comportamiento. Por medio del uso de nuestros protocolos de interconexión se opera una cuantificación continua de los gestos, la cual autoriza un “asistente robotizado” expansivo de las existencias.

–Usted se refiere al surgimiento de un componente “órgano-sintético que repele toda dimensión soberana y autónoma”. En suma, el mundo, nuestras vidas, están bajo el orden de lo que usted llama “la gobernabilidad algorítmica”. El ser humano ha dejado de administrar.

–No se trata de que ya no administre más, sino de que lo hará cada vez menos en beneficio de amplios sistemas supuestamente más eficaces en términos de optimización y de seguridad de las situaciones individuales y colectivas. Esto corresponde a una ecuación que está en el corazón de la estrategia de IBM. Esta empresa implementa arquitecturas electrónicas capaces de administrar por sí mismas la regulación de los flujos de circulación del tráfico en las rutas o la distribución de energía en ciertas ciudades del mundo. Esto es posible gracias a la colecta y al tratamiento ininterrumpido de datos; los stocks de energía disponibles, las estadísticas de consumo, el análisis de los usuarios en tiempo real; la energía disponible, las estadísticas del consumo, el análisis de la utilización en tiempo real. Estas informaciones están conectadas con algoritmos capaces de lanzar alertas, de sugerir iniciativas o asumir el control decidiendo por sí mismos ciertas acciones: aumento de la producción, compras automatizadas de energía en los países vecinos, o corte del suministro en ciertas zonas.

–Eso equivale a una suerte de pérdida mayor de soberanía.

–La meta consiste en buscar la optimización y la seguridad en cada movimiento de la vida. Por ejemplo, hacer que una persona que pasa cerca de una zapatería pueda beneficiarse con la oferta más adecuada a su perfil, o que alguien que se pasea en una zona supuestamente peligrosa reciba un alerta sobre el peligro. Vemos aquí el poder que se le delega a la técnica, o sea, el de orientar cada vez más con mayor libertad la curva de nuestras existencias. Ese es el aspecto más inquietante y más problemático de la relación que mantenemos con las tecnologías contemporáneas.

–El escándalo del espionaje que explotó con el caso Prism, el dispositivo mediante el cual la NSA espía todo el planeta, puso al descubierto algo terrible: no sólo nuestras vidas, nuestra intimidad, son accesibles, sino que nuestras vidas están digitalizadas, convertidas en Big Data, dobladas.

–Prism reveló dos puntos cruciales: en primer lugar, la amplitud abismal, casi inimaginable, de la colecta de informaciones personales; en segundo, la colusión entre las compañías privadas y las instancias de seguridad del Estado. Este tipo de colecta demuestra la existencia de cierta facilidad para apoderarse de los datos, guardarlos y, luego, analizarlos para instaurar funcionalidades de seguridad. La estrecha relación que liga a los gigantes de la red con la NSA debería estar prohibida por la ley, salvo en ocasiones específicas. De hecho, no es tanto la libertad lo que disminuye sino partes enteras de nuestra vida íntima. El medio ambiente digital favoreció la profundización inédita en la historia del conocimiento de las personas. Este fenómeno está impulsado por las compañías privadas que colectan y explotan esas informaciones, a menudo recuperadas por las agencias de seguridad y también por cada uno de nosotros mediante las huellas que diseminamos permanentemente, a veces sin ser conscientes, a veces de manera deliberada. Por ejemplo, a través de la exposición de la vida privada en las redes sociales.

–El caso NSA-Prism marca todo un hito en la historia. De alguna manera, incluso si la gente ha reaccionado de forma pasiva, hemos perdido la inocencia digital. ¿Cree usted que aún persiste la capacidad de rebelarse en esta gobernabilidad digital?

–Con Prism habrá un antes y un después. Este caso mostró hasta qué punto la duplicación digital de nuestras existencias participa de la memorización y de su explotación. Esto ocurrió en apenas 30 años bajo la presión económica y de las políticas de seguridad sin que se haya podido instaurar un debate a la medida de lo que estaba en juego. Este es el momento para tomar conciencia, para emprender acciones positivas, para que los ciudadanos y las democracias se apropien de lo que está en juego, cuyo alcance concierne a nuestra civilización.

–La ausencia de Europa ha sido en este robo planetario tan escandalosa como cobarde. Usted, sin embargo, está convencido de que el Viejo Mundo puede ahora desempeñar un papel central.

–Me parece que Europa, en nombre de sus valores humanistas históricos, en nombre de su extensa tradición democrática, debe influir en la relación de fuerzas geopolíticas de Internet y favorecer la edificación de una legislación y una reglamentación claras. El término Big Data, más allá de las perspectivas comerciales que se desprenden de él, nombra ese momento histórico en el cual el mundo está copiado bajo la forma de datos que pueden ser explotados en una infinidad de funcionalidades. Se trata de una nueva inteligibilidad del mundo que emerge a través de gigantescas masas de datos. Se trata de una ruptura cognitiva y epistemológica que, me parece, debe ser acompañada por una “carta ética global” y marcos legislativos transnacionales. No obstante, hay que desconfiar de todo intento de toma de control por ciertos países capaz de conducir a una fragmentación de Internet. Justamente, el valor de Internet radica en su dimensión universalizada. Me parece que lo que necesitamos es un acuerdo en torno de algunas exigencias fundamentales.

El smartphone, ese “asistente robotizado”

En su libro, usted se refiere a una figura mítica del cine, Hal, el sistema informático de la nave Discovery que aparece en la película 2001 Odisea del espacio. ¿Hal es, para usted, como la figura que encarna nuestro devenir tecnológico a través de la inteligencia artificial?

–Hal es un sistema electrónico hiper sofisticado que representa la figura mayor de la película de Stanley Kubrick. Hal es un puro producto de la inteligencia artificial, es capaz de colectar y analizar todas las informaciones disponibles, de interpretar las situaciones y actuar por sí misma en función de las circunstancias. Exactamente como ciertos sistemas existentes en el trading algorítmico, o en el protocolo de Google. Hal no corresponde más a una figura imaginaria y aislada sino a una realidad difusa llamada infinitamente a infiltrar sectores cada vez más amplios de nuestra vida cotidiana.

–En esa misma línea se sitúa para usted el iPhone o los smartphones. No se trata de juguetitos sino de un casi complemento existencial.

–Creo que la aparición de los smartphones en 2007 corresponde a un acontecimiento tecnológico tan decisivo como el de la aparición de Internet. Los smartphones permiten la conexión sin ruptura espacio-temporal. Con ello los smartphones exponen a un cuerpo contemporáneo conectado permanentemente, tanto más cuanto que puede ser localizado vía el GPS. También, a través de él se confirma el advenimiento de un “asistente robotizado” de las existencias por medio de las innúmeras aplicaciones capaces de interpretar un montón de situaciones y sugerirle a cada individuo las soluciones supuestamente más adaptadas.

–Esos objetos, que son táctiles, nos hacen mantener una relación estrecha con el tacto. Pero, al mismo tiempo que tocamos, las cosas se tornan invisibles: toda la información que acumulamos desaparece en la memoria de los aparatos: fotos, videos, libros, notas, cartas. Están pero son invisibles.

–En efecto, ese doble movimiento trastornante debería interpelarnos. Nuestra relación con los objetos digitales se establece según ergonomías cada vez más fluidas, lo que alienta una suerte de creciente proximidad íntima. La anunciada introducción de circuitos en nuestros tejidos biológicos amplificará el fenómeno. Por otro lado, esa “familiaridad carnal” viene acompañada por una distancia creciente, por una forma de invisibilidad del proceso en curso. Esto es muy emblemático en lo que atañe a los Data Centers que contribuyen a modelar las formas de nuestro mundo y escapan a toda visibilidad. Es una necesidad técnica. Sin embargo, esa torsión señala lo que se está jugando en nuestro medio ambiente digital contemporáneo: por un lado, una impregnación continua de los sistemas electrónicos, y, por el otro, una forma de opacidad sobre los mecanismos que la componen.

“Desarrollar una conciencia crítica”

Los poderes públicos, principalmente en Europa, son incapaces de administrar el universo tecnológico, incapaces de encuadrarlo con leyes o fijar límites. La ignorancia reina, pero la tecnología termina por imponerse, al igual que las finanzas, a todo el espectro político. De alguna manera, los poderes públicos son víctimas de la ignorancia y de lo que Paul Virilio conceptualizó como nadie: la velocidad.

–Una velocidad aumentada sin nunca cesar caracteriza el movimiento vertiginoso imprimido por la innovación tecnológica. Estamos viviendo en el seno de un régimen temporal que se vuelve exponencial, prioritariamente mantenido por la industria que impone sus leyes. Lo propio de los regímenes democráticos es su facultad deliberativa, su capacidad colectiva para elegir conscientemente las reglas que enmarcan el curso de las cosas. Ese componente está hoy eminentemente fragilizado. Ahora como en el futuro, debemos enfrentarnos activamente, sin nostalgia y bajo diversas formas, a la amplitud de lo que está en juego éticamente, bajo la inducción de esta “tecnologización” de nuestras existencias. Tanto en las escuelas y universidades, creo que es urgente enseñar el código, la composición algorítmica, la inteligencia artificial. Creo que son los profesores de “humanidad numérica” quienes deberían ingresar en las escuelas y contribuir a despertar las conciencias y ayudar a encontrar las perspectivas positivas que se están abriendo con este movimiento. Es preciso que en adelante desarrollemos una conciencia crítica ante nuestra propia utilización, que se instaure lo que yo llamo “una disciplina de la utilización”. Esta disciplina me parece indispensable si no queremos estar infinitamente pegados a las producciones tecnológicas, si no queremos volvernos un mismo cuerpo con la técnica. Es preciso mantener cierta distancia, porque es la distancia quien condiciona el principio mismo de una relación abierta y singularizada con el mundo.

efebbro@pagina12.com.ar

“Hay que romper con ciertos prejuicios sobre la militancia”

21.10.13

CULTURA › EL LIBRO OESTERHELD, LA BIOGRAFIA. VIñETAS Y REVOLUCION

“Hay que romper con ciertos prejuicios sobre la militancia”

Hugo Montero publicó una biografía sobre el autor de El Eternauta. Señala la necesidad de desmontar lugares comunes, como aquel que dice que los militantes “priorizaron la política por encima de los hijos, cuando en realidad ellos hacían política con los pibes encima”.

 Por Silvina Friera

“El paraíso son los demás”, escribe el más importante narrador de aventuras de este país, polemizando con Sartre. Ya no es el mismo, el Viejo. En la bitácora de ese itinerario que comenzó en las fronteras de una viñeta y que trascendió el campo de la imaginación, sorteó los prejuicios, las dudas y las desconfianzas del pasado. El ejemplo de sus jóvenes hijas, Beatriz, Estela, Diana y Marina, fue la chispa que encendió la convicción del compromiso militante en Montoneros. A una edad en que muchos otros preferirían mirar el devenir de la historia “desde la banquina de la comodidad y el escepticismo”, Héctor Germán Oesterheld eligió dar un paso al frente y transformarse entre compañeros. El pibe que leyó sus obras con una voracidad insaciable tampoco es el mismo. Y da en el blanco –o en ese agujero negro– cuando dice que no es sencillo leer una biografía del autor de El Eternauta que se detenga exhaustivamente en ese camino político. “Algo obtura ese relato ausente o disperso. Algo que no permite profundizar la mirada, que incomoda, que perturba”, plantea Hugo Montero en la introducción de Oesterheld, la biografía. Viñetas y revolución (Sudestada), un libro notable que viene a saldar esa deuda.
El autor de esta biografía, fundador y codirector de la revista Su-destada, advierte que la tragedia familiar –la desaparición de las cuatro hijas y del propio Oesterheld– quizás haya sido el elemento que impidió hasta ahora poner la lupa sobre el trayecto militante en Montoneros, además del rechazo que han generado las erradas decisiones de la dirección partidaria. “¿Cómo fue que Oesterheld, un lector sagaz, agudísimo, no leyó el aventurerismo político de la militarista cúpula montonera”, se pregunta Guillermo Saccomanno. Montero intenta esbozar una respuesta al interrogante. “Ni Oesterheld ni sus hijas eran cuadros dirigentes de la organización en la que militaban. Por el contrario, eran militantes de base –aclara–. Su ámbito de trabajo político fue la villa y la prensa, su diálogo se generó con los compañeros que compartieron con ellos esos universos, y el vínculo militante pasó muchas veces menos por lo estratégico y programático que por lo afectivo. En tantos ensayos acerca de los años ’70, el eje siempre gira alrededor de tácticas asumidas por las direcciones, pero soslaya en muchos casos el anónimo trabajo en la base, el esfuerzo silencioso de todos los días, el vínculo inquebrantable con vecinos y trabajadores, el borrador de una historia que también merece ser contada.”

–Queda claro en el libro que son las hijas las que lo llevan a militar. Que Oesterheld comienza teniendo empatía con el entusiasmo militante de sus hijas y luego se va involucrando cada vez más.
–Sí, sin dudas. Ellas eran pibas jóvenes y estaban más predispuestas a superar el dilema entre teoría y práctica: “Sometamos las ideas al mundo de la realidad, veamos en la calle cómo resuelven los excluidos, los oprimidos, los marginados, esta contradicción”. Las chicas hacen esa experiencia de campo, y Héctor escucha los relatos de ellas en las sobremesas de la casa, en ese ámbito que es clave para entender cómo se van comprometiendo. El tiene mucha admiración por las chicas, tiene una relación muy cercana, de pares, más allá de que son muchos años que los separan. El Viejo siente que su ámbito cotidiano, su ámbito de discusión sobre política, sobre cultura, sobre todos los temas, está ligado a esa generación. Evidentemente es un fenómeno que tiene que ver con la nueva izquierda, porque hay muchos casos de padres que militan a partir del ejemplo de sus hijos. Héctor es uno de los más paradigmáticos, porque las cuatro chicas terminaron vinculadas a una organización revolucionaria.

–¿Qué fue lo que más lo sorprendió durante la investigación? –Yo no conocía la dinámica de las juntadas a la noche en el chalet de Beccar. Sabía la historia de los Fernández Long –los hermanos Pablo y Miguel–, que habían sido señalados por Elsa como los responsables de haber apresurado los tiempos de las chicas y de Héctor. Encontrarme con ellos me permitió primero comprender la posición de Elsa y luego la de ellos. Y ahí apareció la dinámica de juego, de charlas, de sobremesa, de lecturas ligadas al grupo de amigos, en que la cuestión política no era lo central al principio; no era un cenáculo de discusiones sobre la lucha armada. En esa dinámica vi el pasaje del Viejo que recibe a los pibes jóvenes, que escucha y mezcla en ese puchero todo lo que cada uno trae. El Viejo es receptor de toda esa información, pero no desde un lugar del patriarca erudito y catedrático que les da clase a los pibes, sino del que escucha y quiere tratar de entender la realidad que está pasando a través de las hijas y de los amigos de las hijas. La verdad que era una imagen que yo no tenía de Oesterheld.

–Lo imaginaba más encerrado, escribiendo, pensando. –Más intelectual, sí. Además, todos los que lo conocieron del mundo de la historieta tenían una imagen de él más serio, más gruñón y conflictivo como patrón, porque en algún momento fue jefe de su propio proyecto editorial –Frontera– y eso siempre genera roces, chisporroteos y contradicciones. Sacarlo de ese lugar y verlo al Viejo en cueros, como me contaron, haciendo el asado o sentado en un sillón con una copa de ginebra en la mano quedándose dormido, o jugando a los baldazos al carnaval en el chalet, es una imagen que rompe esa idea del tipo que le va mal en su proyecto profesional. En su casa encuentra un refugio de felicidad, pero es ahí también donde se empieza a preguntar cómo hacemos para cambiar el mundo.

Al principio, cuando arrancó con la escritura de la biografía, Montero quería dividir el libro en tres partes: el oficio, el amor y la pasión revolucionaria. Pronto comprendió que era descabellado intentar mantener ese plan. “El entrecruzamiento se da todo el tiempo, particularmente al final, cuando se vincula orgánicamente con Montoneros y pasa a publicar historietas en la prensa partidaria y a la vez milita en una villa del Norte del conurbano, en la Sauce, con Beatriz. Hay un trasvasamiento que no me permitía escindir las historias. Es imposible comprender sus trabajos políticos sin el vínculo que tenía con las chicas –explica–. El Viejo asume desde el punto de vista narrativo algunos desafíos, como contar la historia argentina, y se mete en debates históricos revisionistas sobre Mariano Moreno, sobre Rosas. Esos mundos que aparentemente parecen separados están muy entrecruzados: cada uno fue marcando un pedacito de su evolución política, de su cambio como narrador. Muchos plantean que la parte política de Oesterheld es la menos imaginativa, la menos creativa. Pero en realidad hay cosas muy lindas desde el punto de vista estético en esa etapa.”

–Cuando Oesterheld interviene con estas historietas de carácter político, ¿están atravesadas por el imperativo de la actualidad militante? –Sí, en un punto están marcadas por la actualidad, por la coyuntura. Oesterheld entiende que en ese momento su función como intelectual orgánico es aportar esa mirada a la historia desde un punto de vista montonero. Hay un cruzamiento constante entre los traidores de Mayo de 1810 con los traidores del 25 de mayo de 1973. Si entrás a la historieta de Oesterheld por el lado de la aventura, la parte más rica es la de los años ’50. Eso es evidente. Ahora si intentás ver la obra que hace a nivel político, no es de baja calidad, sino que es distinta. A muchos del mundo de la historieta le sigue chocando la segunda parte de El Eternauta; hay cuentas que no cierran, pero él mismo dice que ya era otro, que tenía ganas de hacer otras cosas. Tenía una visión antiimperialista muy marcada y la aplica en su historieta.

–¿Por qué cuestiona el uso del Nestornauta y habla de “equívoco”? –Creo que hay un problema, que sucede también con otros militantes que terminan siendo símbolos, como Rodolfo Walsh y Haroldo Conti. El problema del Nestornauta es utilizar sólo lo que te sirve de ese símbolo. Hay cuestiones que se vinculan con tu lucha o con el dirigente al que intentás comparar, pero hay partes que incomodan y generan una discusión que no podés sostener. Por ejemplo el tema de la lucha armada o su militancia en Montoneros, que no están relacionadas con los Kirchner, que siempre fueron críticos de la lucha armada. Cuando elegís de símbolo a un militante montonero, con cuatro hijas militantes montoneras, hay que entender que hay cosas de ese símbolo que van a generar contradicciones desde el presente político. Como el hecho de que el fusil de Juan Salvo se borra con el Photo-shop; en ese intento de manipulación hay una apropiación simbólica sólo de algunos elementos. Si vas a elegir un símbolo, bancate lo que venga: la discusión sobre la lucha armada en los ’70, la militancia en Montoneros. Me parece que no es justo con Oesterheld porque él no tenía dudas respecto de su militancia, no la ocultaba, puso el cuerpo y militó a la par de pibes de veinte años. Y relegar esa parte, intentar ocultarla o dejarla en un segundo plano, me parece que no le hace justicia a Oesterheld, que es lo que me interesa validar.

“Un pasillo con paredes de látex azul brillante. Las paredes de El Vesubio. Héctor allí, de pie, mirando a su nieto. Reconociendo de inmediato la dimensión de esa presencia: la ternura infinita del abuelo que se sienta a tomar la chocolatada con el nieto, a mirar los dibujitos en un viejo televisor, y el más lacerante dolor consumiéndolo por dentro. El Viejo lo sabía: si Martín está allí solito, era porque Estela había caído. La última de las chicas, la cuarta. Otro desgarro incurable, otra ausencia”, relata Montero en la biografía. “No necesito más homenajes ni las pelotas, no quiero saber nada de eso –dice Martín Mórtola Oesterheld, guionista y director de cine–. Cuando salí del juicio por El Vesubio, yo no podía dejar de pensar en mi abuelo. En mi abuelito, no en Oesterheld. El primer recuerdo de toda mi vida es estar con mi abuelo en El Vesubio, y seguramente hablando de las cosas que yo hablaba con él, o de lo que yo hablo hoy con mis hijos. El dato es que mi abuelo sabía lo que le esperaba. No puedo dejar de verla como una secuencia: mi abuelo hablando conmigo sabiendo que acababan de asesinar a su hija, y me habla y jugamos como si nada pasara.”

–El encuentro con Martín es uno de los momentos más impactantes de la biografía, ¿no? –Sí, a mí me aportó una mirada distinta de cómo se da el proceso de construcción de la memoria a nivel colectivo. Martín habla de una etapa en la que relacionarse con un desaparecido era equivalente a ser hijo de un subversivo, a ser discriminado o chicaneado por las instituciones del Estado, y cómo ese discurso fue variando pero la posición de él no fue cambiando sobre lo que eran sus viejos. Uno escucha a hablar a Martín y te ponés a pensar en lo que han vivido los hijos de desaparecidos. Son miradas muy inteligentes, muy elaboradas; ha tenido un largo proceso de discusión con él mismo y con la memoria de sus viejos y de su abuela. El discute todo el tiempo con su abuela. Lo mismo hace Fernando (Araldi). Ellos tienen una relación de amor y conflicto constante con Elsa, como lo tenían también las chicas. La mirada de Martín es muy elaborada porque está cansado de los homenajes. El quiere otro vínculo con el recuerdo. El quiere la imagen íntima con su abuelo, por eso defiende esos espacios propios como un tesoro.

–¿Coincide con Martín en la necesidad de bajar del pedestal a Oesterheld? –Sí, es difícil reclamarle cosas a esa imagen en el pedestal. Hay que bajarlo de ahí y saber cosas chiquitas. Martín se mira en las fotos –y yo las vi– y en todas las fotos están Estela, el Vasco y él chiquito. Hay una presencia de los tres muy fuerte. Los compañeros lo veían a él en la isla Maciel, donde militaban los viejos. Martín se sabe parte de una construcción familiar y se siente cómodo con ese recuerdo, que después fue truncado por el genocidio; pero rompe con ciertos lugares comunes y prejuicios sobre la militancia que está bueno sacárselos de encima definitivamente: que priorizaron la política por encima de los hijos, que dejaron atrás las cuestiones familiares y se volcaron exclusivamente a la política, cuando en realidad ellos hacían política con los pibes encima. Ese fue el caso de las chicas.

Un grupo de tareas secuestró a Oesterheld en La Plata, el 27 de abril de 1977. Varios testimonios de sobrevivientes dan cuenta de su paso por los campos de concentración de Campo de Mayo, en el regimiento de Monte Chingolo, en El Vesubio de La Matanza y El Sheraton de Villa Insuperable. A cada una de las preguntas de sus carceleros por algún dato, una casa, una persona, el Viejo terco respondía con la misma frase: “No tengo nada que decir; no tengo nada que negociar”. Después de un traslado masivo desde El Sheraton presuntamente a la localidad bonaerense de Mercedes, en febrero de 1978, se diluye el rastro del escritor. “Como en una doliente historieta –escribe Montero–, la silueta de Héctor se funde en el negro de la viñeta. Y en el siguiente cuadrito, se hace sombra.”

“Hay que romper con ciertos prejuicios sobre la militancia”

CULTURA › EL LIBRO OESTERHELD, LA BIOGRAFIA. VIñETAS Y REVOLUCION

“Hay que romper con ciertos prejuicios sobre la militancia”

Hugo Montero publicó una biografía sobre el autor de El Eternauta. Señala la necesidad de desmontar lugares comunes, como aquel que dice que los militantes “priorizaron la política por encima de los hijos, cuando en realidad ellos hacían política con los pibes encima”.

 Por Silvina Friera

“El paraíso son los demás”, escribe el más importante narrador de aventuras de este país, polemizando con Sartre. Ya no es el mismo, el Viejo. En la bitácora de ese itinerario que comenzó en las fronteras de una viñeta y que trascendió el campo de la imaginación, sorteó los prejuicios, las dudas y las desconfianzas del pasado. El ejemplo de sus jóvenes hijas, Beatriz, Estela, Diana y Marina, fue la chispa que encendió la convicción del compromiso militante en Montoneros. A una edad en que muchos otros preferirían mirar el devenir de la historia “desde la banquina de la comodidad y el escepticismo”, Héctor Germán Oesterheld eligió dar un paso al frente y transformarse entre compañeros. El pibe que leyó sus obras con una voracidad insaciable tampoco es el mismo. Y da en el blanco –o en ese agujero negro– cuando dice que no es sencillo leer una biografía del autor de El Eternauta que se detenga exhaustivamente en ese camino político. “Algo obtura ese relato ausente o disperso. Algo que no permite profundizar la mirada, que incomoda, que perturba”, plantea Hugo Montero en la introducción de Oesterheld, la biografía. Viñetas y revolución (Sudestada), un libro notable que viene a saldar esa deuda.
El autor de esta biografía, fundador y codirector de la revista Su-destada, advierte que la tragedia familiar –la desaparición de las cuatro hijas y del propio Oesterheld– quizás haya sido el elemento que impidió hasta ahora poner la lupa sobre el trayecto militante en Montoneros, además del rechazo que han generado las erradas decisiones de la dirección partidaria. “¿Cómo fue que Oesterheld, un lector sagaz, agudísimo, no leyó el aventurerismo político de la militarista cúpula montonera”, se pregunta Guillermo Saccomanno. Montero intenta esbozar una respuesta al interrogante. “Ni Oesterheld ni sus hijas eran cuadros dirigentes de la organización en la que militaban. Por el contrario, eran militantes de base –aclara–. Su ámbito de trabajo político fue la villa y la prensa, su diálogo se generó con los compañeros que compartieron con ellos esos universos, y el vínculo militante pasó muchas veces menos por lo estratégico y programático que por lo afectivo. En tantos ensayos acerca de los años ’70, el eje siempre gira alrededor de tácticas asumidas por las direcciones, pero soslaya en muchos casos el anónimo trabajo en la base, el esfuerzo silencioso de todos los días, el vínculo inquebrantable con vecinos y trabajadores, el borrador de una historia que también merece ser contada.”

–Queda claro en el libro que son las hijas las que lo llevan a militar. Que Oesterheld comienza teniendo empatía con el entusiasmo militante de sus hijas y luego se va involucrando cada vez más.
–Sí, sin dudas. Ellas eran pibas jóvenes y estaban más predispuestas a superar el dilema entre teoría y práctica: “Sometamos las ideas al mundo de la realidad, veamos en la calle cómo resuelven los excluidos, los oprimidos, los marginados, esta contradicción”. Las chicas hacen esa experiencia de campo, y Héctor escucha los relatos de ellas en las sobremesas de la casa, en ese ámbito que es clave para entender cómo se van comprometiendo. El tiene mucha admiración por las chicas, tiene una relación muy cercana, de pares, más allá de que son muchos años que los separan. El Viejo siente que su ámbito cotidiano, su ámbito de discusión sobre política, sobre cultura, sobre todos los temas, está ligado a esa generación. Evidentemente es un fenómeno que tiene que ver con la nueva izquierda, porque hay muchos casos de padres que militan a partir del ejemplo de sus hijos. Héctor es uno de los más paradigmáticos, porque las cuatro chicas terminaron vinculadas a una organización revolucionaria.

–¿Qué fue lo que más lo sorprendió durante la investigación? –Yo no conocía la dinámica de las juntadas a la noche en el chalet de Beccar. Sabía la historia de los Fernández Long –los hermanos Pablo y Miguel–, que habían sido señalados por Elsa como los responsables de haber apresurado los tiempos de las chicas y de Héctor. Encontrarme con ellos me permitió primero comprender la posición de Elsa y luego la de ellos. Y ahí apareció la dinámica de juego, de charlas, de sobremesa, de lecturas ligadas al grupo de amigos, en que la cuestión política no era lo central al principio; no era un cenáculo de discusiones sobre la lucha armada. En esa dinámica vi el pasaje del Viejo que recibe a los pibes jóvenes, que escucha y mezcla en ese puchero todo lo que cada uno trae. El Viejo es receptor de toda esa información, pero no desde un lugar del patriarca erudito y catedrático que les da clase a los pibes, sino del que escucha y quiere tratar de entender la realidad que está pasando a través de las hijas y de los amigos de las hijas. La verdad que era una imagen que yo no tenía de Oesterheld.

–Lo imaginaba más encerrado, escribiendo, pensando. –Más intelectual, sí. Además, todos los que lo conocieron del mundo de la historieta tenían una imagen de él más serio, más gruñón y conflictivo como patrón, porque en algún momento fue jefe de su propio proyecto editorial –Frontera– y eso siempre genera roces, chisporroteos y contradicciones. Sacarlo de ese lugar y verlo al Viejo en cueros, como me contaron, haciendo el asado o sentado en un sillón con una copa de ginebra en la mano quedándose dormido, o jugando a los baldazos al carnaval en el chalet, es una imagen que rompe esa idea del tipo que le va mal en su proyecto profesional. En su casa encuentra un refugio de felicidad, pero es ahí también donde se empieza a preguntar cómo hacemos para cambiar el mundo.

Al principio, cuando arrancó con la escritura de la biografía, Montero quería dividir el libro en tres partes: el oficio, el amor y la pasión revolucionaria. Pronto comprendió que era descabellado intentar mantener ese plan. “El entrecruzamiento se da todo el tiempo, particularmente al final, cuando se vincula orgánicamente con Montoneros y pasa a publicar historietas en la prensa partidaria y a la vez milita en una villa del Norte del conurbano, en la Sauce, con Beatriz. Hay un trasvasamiento que no me permitía escindir las historias. Es imposible comprender sus trabajos políticos sin el vínculo que tenía con las chicas –explica–. El Viejo asume desde el punto de vista narrativo algunos desafíos, como contar la historia argentina, y se mete en debates históricos revisionistas sobre Mariano Moreno, sobre Rosas. Esos mundos que aparentemente parecen separados están muy entrecruzados: cada uno fue marcando un pedacito de su evolución política, de su cambio como narrador. Muchos plantean que la parte política de Oesterheld es la menos imaginativa, la menos creativa. Pero en realidad hay cosas muy lindas desde el punto de vista estético en esa etapa.”

–Cuando Oesterheld interviene con estas historietas de carácter político, ¿están atravesadas por el imperativo de la actualidad militante? –Sí, en un punto están marcadas por la actualidad, por la coyuntura. Oesterheld entiende que en ese momento su función como intelectual orgánico es aportar esa mirada a la historia desde un punto de vista montonero. Hay un cruzamiento constante entre los traidores de Mayo de 1810 con los traidores del 25 de mayo de 1973. Si entrás a la historieta de Oesterheld por el lado de la aventura, la parte más rica es la de los años ’50. Eso es evidente. Ahora si intentás ver la obra que hace a nivel político, no es de baja calidad, sino que es distinta. A muchos del mundo de la historieta le sigue chocando la segunda parte de El Eternauta; hay cuentas que no cierran, pero él mismo dice que ya era otro, que tenía ganas de hacer otras cosas. Tenía una visión antiimperialista muy marcada y la aplica en su historieta.

–¿Por qué cuestiona el uso del Nestornauta y habla de “equívoco”? –Creo que hay un problema, que sucede también con otros militantes que terminan siendo símbolos, como Rodolfo Walsh y Haroldo Conti. El problema del Nestornauta es utilizar sólo lo que te sirve de ese símbolo. Hay cuestiones que se vinculan con tu lucha o con el dirigente al que intentás comparar, pero hay partes que incomodan y generan una discusión que no podés sostener. Por ejemplo el tema de la lucha armada o su militancia en Montoneros, que no están relacionadas con los Kirchner, que siempre fueron críticos de la lucha armada. Cuando elegís de símbolo a un militante montonero, con cuatro hijas militantes montoneras, hay que entender que hay cosas de ese símbolo que van a generar contradicciones desde el presente político. Como el hecho de que el fusil de Juan Salvo se borra con el Photo-shop; en ese intento de manipulación hay una apropiación simbólica sólo de algunos elementos. Si vas a elegir un símbolo, bancate lo que venga: la discusión sobre la lucha armada en los ’70, la militancia en Montoneros. Me parece que no es justo con Oesterheld porque él no tenía dudas respecto de su militancia, no la ocultaba, puso el cuerpo y militó a la par de pibes de veinte años. Y relegar esa parte, intentar ocultarla o dejarla en un segundo plano, me parece que no le hace justicia a Oesterheld, que es lo que me interesa validar.

“Un pasillo con paredes de látex azul brillante. Las paredes de El Vesubio. Héctor allí, de pie, mirando a su nieto. Reconociendo de inmediato la dimensión de esa presencia: la ternura infinita del abuelo que se sienta a tomar la chocolatada con el nieto, a mirar los dibujitos en un viejo televisor, y el más lacerante dolor consumiéndolo por dentro. El Viejo lo sabía: si Martín está allí solito, era porque Estela había caído. La última de las chicas, la cuarta. Otro desgarro incurable, otra ausencia”, relata Montero en la biografía. “No necesito más homenajes ni las pelotas, no quiero saber nada de eso –dice Martín Mórtola Oesterheld, guionista y director de cine–. Cuando salí del juicio por El Vesubio, yo no podía dejar de pensar en mi abuelo. En mi abuelito, no en Oesterheld. El primer recuerdo de toda mi vida es estar con mi abuelo en El Vesubio, y seguramente hablando de las cosas que yo hablaba con él, o de lo que yo hablo hoy con mis hijos. El dato es que mi abuelo sabía lo que le esperaba. No puedo dejar de verla como una secuencia: mi abuelo hablando conmigo sabiendo que acababan de asesinar a su hija, y me habla y jugamos como si nada pasara.”

–El encuentro con Martín es uno de los momentos más impactantes de la biografía, ¿no? –Sí, a mí me aportó una mirada distinta de cómo se da el proceso de construcción de la memoria a nivel colectivo. Martín habla de una etapa en la que relacionarse con un desaparecido era equivalente a ser hijo de un subversivo, a ser discriminado o chicaneado por las instituciones del Estado, y cómo ese discurso fue variando pero la posición de él no fue cambiando sobre lo que eran sus viejos. Uno escucha a hablar a Martín y te ponés a pensar en lo que han vivido los hijos de desaparecidos. Son miradas muy inteligentes, muy elaboradas; ha tenido un largo proceso de discusión con él mismo y con la memoria de sus viejos y de su abuela. El discute todo el tiempo con su abuela. Lo mismo hace Fernando (Araldi). Ellos tienen una relación de amor y conflicto constante con Elsa, como lo tenían también las chicas. La mirada de Martín es muy elaborada porque está cansado de los homenajes. El quiere otro vínculo con el recuerdo. El quiere la imagen íntima con su abuelo, por eso defiende esos espacios propios como un tesoro.

–¿Coincide con Martín en la necesidad de bajar del pedestal a Oesterheld? –Sí, es difícil reclamarle cosas a esa imagen en el pedestal. Hay que bajarlo de ahí y saber cosas chiquitas. Martín se mira en las fotos –y yo las vi– y en todas las fotos están Estela, el Vasco y él chiquito. Hay una presencia de los tres muy fuerte. Los compañeros lo veían a él en la isla Maciel, donde militaban los viejos. Martín se sabe parte de una construcción familiar y se siente cómodo con ese recuerdo, que después fue truncado por el genocidio; pero rompe con ciertos lugares comunes y prejuicios sobre la militancia que está bueno sacárselos de encima definitivamente: que priorizaron la política por encima de los hijos, que dejaron atrás las cuestiones familiares y se volcaron exclusivamente a la política, cuando en realidad ellos hacían política con los pibes encima. Ese fue el caso de las chicas.

Un grupo de tareas secuestró a Oesterheld en La Plata, el 27 de abril de 1977. Varios testimonios de sobrevivientes dan cuenta de su paso por los campos de concentración de Campo de Mayo, en el regimiento de Monte Chingolo, en El Vesubio de La Matanza y El Sheraton de Villa Insuperable. A cada una de las preguntas de sus carceleros por algún dato, una casa, una persona, el Viejo terco respondía con la misma frase: “No tengo nada que decir; no tengo nada que negociar”. Después de un traslado masivo desde El Sheraton presuntamente a la localidad bonaerense de Mercedes, en febrero de 1978, se diluye el rastro del escritor. “Como en una doliente historieta –escribe Montero–, la silueta de Héctor se funde en el negro de la viñeta. Y en el siguiente cuadrito, se hace sombra.”

“Hay que romper con ciertos prejuicios sobre la militancia”

CULTURA › EL LIBRO OESTERHELD, LA BIOGRAFIA. VIñETAS Y REVOLUCION

“Hay que romper con ciertos prejuicios sobre la militancia”

Hugo Montero publicó una biografía sobre el autor de El Eternauta. Señala la necesidad de desmontar lugares comunes, como aquel que dice que los militantes “priorizaron la política por encima de los hijos, cuando en realidad ellos hacían política con los pibes encima”.

 Por Silvina Friera

“El paraíso son los demás”, escribe el más importante narrador de aventuras de este país, polemizando con Sartre. Ya no es el mismo, el Viejo. En la bitácora de ese itinerario que comenzó en las fronteras de una viñeta y que trascendió el campo de la imaginación, sorteó los prejuicios, las dudas y las desconfianzas del pasado. El ejemplo de sus jóvenes hijas, Beatriz, Estela, Diana y Marina, fue la chispa que encendió la convicción del compromiso militante en Montoneros. A una edad en que muchos otros preferirían mirar el devenir de la historia “desde la banquina de la comodidad y el escepticismo”, Héctor Germán Oesterheld eligió dar un paso al frente y transformarse entre compañeros. El pibe que leyó sus obras con una voracidad insaciable tampoco es el mismo. Y da en el blanco –o en ese agujero negro– cuando dice que no es sencillo leer una biografía del autor de El Eternauta que se detenga exhaustivamente en ese camino político. “Algo obtura ese relato ausente o disperso. Algo que no permite profundizar la mirada, que incomoda, que perturba”, plantea Hugo Montero en la introducción de Oesterheld, la biografía. Viñetas y revolución (Sudestada), un libro notable que viene a saldar esa deuda.
El autor de esta biografía, fundador y codirector de la revista Su-destada, advierte que la tragedia familiar –la desaparición de las cuatro hijas y del propio Oesterheld– quizás haya sido el elemento que impidió hasta ahora poner la lupa sobre el trayecto militante en Montoneros, además del rechazo que han generado las erradas decisiones de la dirección partidaria. “¿Cómo fue que Oesterheld, un lector sagaz, agudísimo, no leyó el aventurerismo político de la militarista cúpula montonera”, se pregunta Guillermo Saccomanno. Montero intenta esbozar una respuesta al interrogante. “Ni Oesterheld ni sus hijas eran cuadros dirigentes de la organización en la que militaban. Por el contrario, eran militantes de base –aclara–. Su ámbito de trabajo político fue la villa y la prensa, su diálogo se generó con los compañeros que compartieron con ellos esos universos, y el vínculo militante pasó muchas veces menos por lo estratégico y programático que por lo afectivo. En tantos ensayos acerca de los años ’70, el eje siempre gira alrededor de tácticas asumidas por las direcciones, pero soslaya en muchos casos el anónimo trabajo en la base, el esfuerzo silencioso de todos los días, el vínculo inquebrantable con vecinos y trabajadores, el borrador de una historia que también merece ser contada.”

–Queda claro en el libro que son las hijas las que lo llevan a militar. Que Oesterheld comienza teniendo empatía con el entusiasmo militante de sus hijas y luego se va involucrando cada vez más.
–Sí, sin dudas. Ellas eran pibas jóvenes y estaban más predispuestas a superar el dilema entre teoría y práctica: “Sometamos las ideas al mundo de la realidad, veamos en la calle cómo resuelven los excluidos, los oprimidos, los marginados, esta contradicción”. Las chicas hacen esa experiencia de campo, y Héctor escucha los relatos de ellas en las sobremesas de la casa, en ese ámbito que es clave para entender cómo se van comprometiendo. El tiene mucha admiración por las chicas, tiene una relación muy cercana, de pares, más allá de que son muchos años que los separan. El Viejo siente que su ámbito cotidiano, su ámbito de discusión sobre política, sobre cultura, sobre todos los temas, está ligado a esa generación. Evidentemente es un fenómeno que tiene que ver con la nueva izquierda, porque hay muchos casos de padres que militan a partir del ejemplo de sus hijos. Héctor es uno de los más paradigmáticos, porque las cuatro chicas terminaron vinculadas a una organización revolucionaria.

–¿Qué fue lo que más lo sorprendió durante la investigación? –Yo no conocía la dinámica de las juntadas a la noche en el chalet de Beccar. Sabía la historia de los Fernández Long –los hermanos Pablo y Miguel–, que habían sido señalados por Elsa como los responsables de haber apresurado los tiempos de las chicas y de Héctor. Encontrarme con ellos me permitió primero comprender la posición de Elsa y luego la de ellos. Y ahí apareció la dinámica de juego, de charlas, de sobremesa, de lecturas ligadas al grupo de amigos, en que la cuestión política no era lo central al principio; no era un cenáculo de discusiones sobre la lucha armada. En esa dinámica vi el pasaje del Viejo que recibe a los pibes jóvenes, que escucha y mezcla en ese puchero todo lo que cada uno trae. El Viejo es receptor de toda esa información, pero no desde un lugar del patriarca erudito y catedrático que les da clase a los pibes, sino del que escucha y quiere tratar de entender la realidad que está pasando a través de las hijas y de los amigos de las hijas. La verdad que era una imagen que yo no tenía de Oesterheld.

–Lo imaginaba más encerrado, escribiendo, pensando. –Más intelectual, sí. Además, todos los que lo conocieron del mundo de la historieta tenían una imagen de él más serio, más gruñón y conflictivo como patrón, porque en algún momento fue jefe de su propio proyecto editorial –Frontera– y eso siempre genera roces, chisporroteos y contradicciones. Sacarlo de ese lugar y verlo al Viejo en cueros, como me contaron, haciendo el asado o sentado en un sillón con una copa de ginebra en la mano quedándose dormido, o jugando a los baldazos al carnaval en el chalet, es una imagen que rompe esa idea del tipo que le va mal en su proyecto profesional. En su casa encuentra un refugio de felicidad, pero es ahí también donde se empieza a preguntar cómo hacemos para cambiar el mundo.

Al principio, cuando arrancó con la escritura de la biografía, Montero quería dividir el libro en tres partes: el oficio, el amor y la pasión revolucionaria. Pronto comprendió que era descabellado intentar mantener ese plan. “El entrecruzamiento se da todo el tiempo, particularmente al final, cuando se vincula orgánicamente con Montoneros y pasa a publicar historietas en la prensa partidaria y a la vez milita en una villa del Norte del conurbano, en la Sauce, con Beatriz. Hay un trasvasamiento que no me permitía escindir las historias. Es imposible comprender sus trabajos políticos sin el vínculo que tenía con las chicas –explica–. El Viejo asume desde el punto de vista narrativo algunos desafíos, como contar la historia argentina, y se mete en debates históricos revisionistas sobre Mariano Moreno, sobre Rosas. Esos mundos que aparentemente parecen separados están muy entrecruzados: cada uno fue marcando un pedacito de su evolución política, de su cambio como narrador. Muchos plantean que la parte política de Oesterheld es la menos imaginativa, la menos creativa. Pero en realidad hay cosas muy lindas desde el punto de vista estético en esa etapa.”

–Cuando Oesterheld interviene con estas historietas de carácter político, ¿están atravesadas por el imperativo de la actualidad militante? –Sí, en un punto están marcadas por la actualidad, por la coyuntura. Oesterheld entiende que en ese momento su función como intelectual orgánico es aportar esa mirada a la historia desde un punto de vista montonero. Hay un cruzamiento constante entre los traidores de Mayo de 1810 con los traidores del 25 de mayo de 1973. Si entrás a la historieta de Oesterheld por el lado de la aventura, la parte más rica es la de los años ’50. Eso es evidente. Ahora si intentás ver la obra que hace a nivel político, no es de baja calidad, sino que es distinta. A muchos del mundo de la historieta le sigue chocando la segunda parte de El Eternauta; hay cuentas que no cierran, pero él mismo dice que ya era otro, que tenía ganas de hacer otras cosas. Tenía una visión antiimperialista muy marcada y la aplica en su historieta.

–¿Por qué cuestiona el uso del Nestornauta y habla de “equívoco”? –Creo que hay un problema, que sucede también con otros militantes que terminan siendo símbolos, como Rodolfo Walsh y Haroldo Conti. El problema del Nestornauta es utilizar sólo lo que te sirve de ese símbolo. Hay cuestiones que se vinculan con tu lucha o con el dirigente al que intentás comparar, pero hay partes que incomodan y generan una discusión que no podés sostener. Por ejemplo el tema de la lucha armada o su militancia en Montoneros, que no están relacionadas con los Kirchner, que siempre fueron críticos de la lucha armada. Cuando elegís de símbolo a un militante montonero, con cuatro hijas militantes montoneras, hay que entender que hay cosas de ese símbolo que van a generar contradicciones desde el presente político. Como el hecho de que el fusil de Juan Salvo se borra con el Photo-shop; en ese intento de manipulación hay una apropiación simbólica sólo de algunos elementos. Si vas a elegir un símbolo, bancate lo que venga: la discusión sobre la lucha armada en los ’70, la militancia en Montoneros. Me parece que no es justo con Oesterheld porque él no tenía dudas respecto de su militancia, no la ocultaba, puso el cuerpo y militó a la par de pibes de veinte años. Y relegar esa parte, intentar ocultarla o dejarla en un segundo plano, me parece que no le hace justicia a Oesterheld, que es lo que me interesa validar.

“Un pasillo con paredes de látex azul brillante. Las paredes de El Vesubio. Héctor allí, de pie, mirando a su nieto. Reconociendo de inmediato la dimensión de esa presencia: la ternura infinita del abuelo que se sienta a tomar la chocolatada con el nieto, a mirar los dibujitos en un viejo televisor, y el más lacerante dolor consumiéndolo por dentro. El Viejo lo sabía: si Martín está allí solito, era porque Estela había caído. La última de las chicas, la cuarta. Otro desgarro incurable, otra ausencia”, relata Montero en la biografía. “No necesito más homenajes ni las pelotas, no quiero saber nada de eso –dice Martín Mórtola Oesterheld, guionista y director de cine–. Cuando salí del juicio por El Vesubio, yo no podía dejar de pensar en mi abuelo. En mi abuelito, no en Oesterheld. El primer recuerdo de toda mi vida es estar con mi abuelo en El Vesubio, y seguramente hablando de las cosas que yo hablaba con él, o de lo que yo hablo hoy con mis hijos. El dato es que mi abuelo sabía lo que le esperaba. No puedo dejar de verla como una secuencia: mi abuelo hablando conmigo sabiendo que acababan de asesinar a su hija, y me habla y jugamos como si nada pasara.”

–El encuentro con Martín es uno de los momentos más impactantes de la biografía, ¿no? –Sí, a mí me aportó una mirada distinta de cómo se da el proceso de construcción de la memoria a nivel colectivo. Martín habla de una etapa en la que relacionarse con un desaparecido era equivalente a ser hijo de un subversivo, a ser discriminado o chicaneado por las instituciones del Estado, y cómo ese discurso fue variando pero la posición de él no fue cambiando sobre lo que eran sus viejos. Uno escucha a hablar a Martín y te ponés a pensar en lo que han vivido los hijos de desaparecidos. Son miradas muy inteligentes, muy elaboradas; ha tenido un largo proceso de discusión con él mismo y con la memoria de sus viejos y de su abuela. El discute todo el tiempo con su abuela. Lo mismo hace Fernando (Araldi). Ellos tienen una relación de amor y conflicto constante con Elsa, como lo tenían también las chicas. La mirada de Martín es muy elaborada porque está cansado de los homenajes. El quiere otro vínculo con el recuerdo. El quiere la imagen íntima con su abuelo, por eso defiende esos espacios propios como un tesoro.

–¿Coincide con Martín en la necesidad de bajar del pedestal a Oesterheld? –Sí, es difícil reclamarle cosas a esa imagen en el pedestal. Hay que bajarlo de ahí y saber cosas chiquitas. Martín se mira en las fotos –y yo las vi– y en todas las fotos están Estela, el Vasco y él chiquito. Hay una presencia de los tres muy fuerte. Los compañeros lo veían a él en la isla Maciel, donde militaban los viejos. Martín se sabe parte de una construcción familiar y se siente cómodo con ese recuerdo, que después fue truncado por el genocidio; pero rompe con ciertos lugares comunes y prejuicios sobre la militancia que está bueno sacárselos de encima definitivamente: que priorizaron la política por encima de los hijos, que dejaron atrás las cuestiones familiares y se volcaron exclusivamente a la política, cuando en realidad ellos hacían política con los pibes encima. Ese fue el caso de las chicas.

Un grupo de tareas secuestró a Oesterheld en La Plata, el 27 de abril de 1977. Varios testimonios de sobrevivientes dan cuenta de su paso por los campos de concentración de Campo de Mayo, en el regimiento de Monte Chingolo, en El Vesubio de La Matanza y El Sheraton de Villa Insuperable. A cada una de las preguntas de sus carceleros por algún dato, una casa, una persona, el Viejo terco respondía con la misma frase: “No tengo nada que decir; no tengo nada que negociar”. Después de un traslado masivo desde El Sheraton presuntamente a la localidad bonaerense de Mercedes, en febrero de 1978, se diluye el rastro del escritor. “Como en una doliente historieta –escribe Montero–, la silueta de Héctor se funde en el negro de la viñeta. Y en el siguiente cuadrito, se hace sombra.”