
Para justificar el robo de sus tierras por parte de la elite blanca se construyó una teoría racista que negaba el carácter humano de los pueblos indígenas reduciéndolos a unas bestias salvajes. Al respecto, así se expresaba Domingo Faustino Sarmiento, el “padre del aula”:
“¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande.
Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado” (El Nacional, 25/11/1876).
La negación de su humanidad fue la condición para proceder a su exterminio. Asesinatos masivos de mujeres, hombres y niños, torturas, campos de concentración, cambios de identidad y reparto de los sobrevivientes como esclavos al servicio de las familias pudientes fueron las herramientas utilizadas por los “civilizados” durante las sucesivas campañas.
El genocidio de los pueblos del sur y el robo de sus tierras cotizaba en las Bolsas porteña y londinense. Como señala Mario Rapoport en “Historia económica, política y social de la Argentina”, para financiar la campaña de Roca se emitió un empréstito internacional garantizado por las tierras a conquistar.
Cada suscriptor se aseguraba como mínimo una extensión de 10.000 hectáreas, siendo así que antes de iniciarse la campaña ya se había comprometido la entrega de 10 millones de hectáreas entre los inversionistas locales y extranjeros. Con lo obtenido se preparó la expedición militar que contó con los principales adelantos tecnológicos de la época, como el fusil Remington Patria, también conocido como “mataindios”.
El resultado de la campaña dirigida por Roca fue tan “exitoso” que dio un excedente de tierras por encima de las ya suscritas, que fue repartida entre la cúpula del ejército, la oligarquía local e inversionistas extranjeros.
El cuadro final fue una brutal concentración de la propiedad en pocas manos. Según el censo de 1914, en el pleno esplendor del “granero del mundo”, más del 50 por ciento de la superficie agropecuaria del país era concentrada por menos del 2 por ciento de las explotaciones.
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