
Haaf nació en Munich en 1983, estudió historia y filosofía; en su libro defiende una posición crítica contra aquellos que en la actualidad ocupan un rango etario que va de los 20 a los 33 años aproximadamente y manifiesta su simpatía por los menores de esa edad, que usan las redes sociales, en su opinión, "de manera pragmática y nada adictiva".
Dejad de lloriquear es un ataque abierto contra una generación de jóvenes sobreprotegidos, mantenidos, políticamente apáticos, que confían en la "neutralidad" técnica y que si se quiere invierten el dictum del mayo francés, cuando se decía que había que desconfiar de todo aquel de más de 30 años.
En el libro es notable la equivalencia que Haaf hace entre las aspiraciones a una vida sin riesgos, aislada, desconectada de los otros y unas "opciones" que se reducen a la responsabilidad para construir una identidad social y así, por contagio, alcanzar una mejor distribución del ingreso: un reformismo blando, que como se está demostrando en Europa, no ha servido más que para multiplicar el número de desempleados.

Y continúa: (el libro) "es un panfleto crítico. Pero no odio a mi generación. También tienen sus cosas buenas. Ser tan sociable y comunicativo puede estar bien, y esas condiciones producen gente simpática. Es la `generación amigable".
¿Cuándo empezó esta mutación? "Creo que la culpa es de Tony Blair y de Bill Clinton. Empezó en los 80 con (Margaret) Thatcher, y se consolidó en los 90, cuando gobiernos supuestamente socialdemócratas empezaron a adoptar políticas que buscaban favorecer a los mercados, y los mercados se convirtieron en algo más importante que la sociedad", sostiene la ensayista.
¿Y las redes sociales? Es todo un capítulo, indisociable del estado actual del capital-parlamentarismo.
"la gente se ha acostumbrado a decir cosas sin que existan consecuencias."
"Efectivamente. La comunicación se ha convertido en un fin en sí mismo. La gente siempre se ha comunicado, u ha hablado para expresar sus sentimientos, pero no lo hacían a través de tantos canales ni con la frecuencia y rapidez con la que lo hacen ahora. La sensación prevalerte hoy es que siempre hay alguien dirigiéndose a ti, y que siempre tienes que responderle", asegura.
Sobre el punto, Haaf es implacable: "la gente se ha acostumbrado a decir cosas sin que existan consecuencias. En Facebook la gente no discute. Formas parte de esa red, y la mayoría son amigos tuyos, así que lo que haces es ignorar lo que te disgusta. Y por añadidura, existe una completa desconexión entre las formas de ser online y offline".
"Hay gente que está todo el día posteando, y colgando fotos de todo lo que hacen y ven, pero luego los conocés y no tienen nada que decir (…) Ahora estoy escribiendo un manifiesto que urge a borrarse de Facebook. Todas esas compañías han pasado a formar parte de nuestras vidas, alterando la forma en que nos comunicamos con los amigos, y la forma en que sentíamos que formábamos parte del mundo".
Para rematar: "No estar allí es lo que más daña a Facebook. No hacer nada. No hablar y callarte de una vez. El silencio online no computa, no se considera una virtud. Todo el mundo tiene que estar hablando todo el rato". Acaso, parloteando sea una palabra más adecuada.